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EL PECADO DE NANI

Se levantó y fue derecho al baño. Se lavó la cara, se la secó y se miró en el espejo. Cuándo vas a aprender, Nani. De dónde sacaste que tenías que decir todo lo que pensabas. ¡Pobre Nani! Cuánta ingenuidad. Por qué será que no podés callarte una sola vez, al menos, alguna parte de todo lo que pensás ¡Ay Nani!, cuánta ingenuidad. ¿Todavía no te diste cuenta cómo son las cosas? Cada uno tolera lo que tiene ganas de oír, Nani querida, se dijo mientras intentaba desparramar su maquillaje con dedos nerviosos. Lo que menos ganas tiene todo el mundo, aún vos, Nani, es que alguien se le pare enfrente y le diga lo que no quiere oír ni ver. ¿Te das cuenta?, se preguntó una vez más. Y como si hubiera logrado convencerse a sí misma, hizo una sonrisa a quien tenía en el espejo y salió decidida. Los tacos resonaban en toda la casa. Fue y vino con alegría, fue y vino sonriente, diciendo a todo que sí, bah, a todo no, había cosas que no podía hacer, pero bueno, conseguía de algún modo cumplir la autop...

LA SOMBRA I

La sombra se proyectó sobre la casa y la dejó en tinieblas. Tan profunda. Tan negra. Tan sádica bajo su máscara. La sombra no se conformó con tragarse la luz, y entonces también se tragó el aire. La sombra de la muerte y la sombra de la vida. Como una patética conjunción de los contrarios. Nani levantó hasta el tope las persianas, con desesperación. Buscaba un rayo de luz. Tan ingenua era. La sombra penetró por el mayor espacio de las ventanas y se apropió de todos los rincones. Se apoderó de la totalidad de la casa. Pero, por supuesto, nunca pudo conocer el sol.