NADA HACIA SUPONER
A Alberto Lagunas Nada hacía suponer que aquella noche volvería a encontrarla. Cuando salí del cine con una mezcla extraña de plenitud y desarraigo, el frío se estrelló en mi cara haciéndome detener. Me abroché el abrigo y con la bufanda me cubrí las orejas. Nunca había soportado el frío en las orejas. Se me enfriaban hasta dolerme, como si me clavaran puntas filosas en los cartílagos. Voy a tomar un taxi, pensé, pero inmediatamente deseché la idea. Caminaría despacio hasta llegar a casa así conservaría ese sabor agridulce que se me había filtrado en los huesos después de ver la película. No sé si el olor de las calles, su silencio habitual en las madrugadas o el nuevo negocio que ocupaba el lugar de la antigua zapatería, pero lo cierto es que volví a encontrar- la. Fue en la esquina de Roca y Nación (a pocos pasos después de doblar por Roca) cuando la descubrí. Ahí está, me dije deteniéndome abruptamente. Iba una media cuadra delante de mí pero tuve la certeza de que si hubieran sido ...